El problema de justicia es de toda majestad. A llegar para su solución granos de arena, por ínfimos que éstos sean, importa cumplir con un deber elemental y, a la vez, tributar a la justicia el homenaje que reclama y merece.
Cuando, según es mi caso, la contribución emana de quien ha sido magistrado, que ha visto la justicia por dentro, pulsándola y viviéndola todos los días durante una decena de años, en función activa y de experiencia que necesariamente educa, entonces el deber se hace doble: al hombre se agrega el funcionario, por cuanto la idea está fecundada en su aplicación, la palabra y la prédica son fruto de hechos y observaciones de hechos con que se amasa la objetiva y compleja realidad. Eso me permito reclamar para mi trabajo. No tendrá valor ideológico, esto es, científico y filosófico. Pero es mío. Estoy en él con mi sangre, en la cabal intimidad de mi persona. Muy raro es que exprese ideas sugeridas por lecturas y libros, vale decir por otros espíritus. Sin perjuicio de que subconscientemente hayan podido actuar.