En las sociedades contemporáneas, caracterizadas por su complejidad, se ha declarado la guerra al crimen organizado. Desde Nixon a Trump en la guerra contra el narcotráfico, en Occidente se ha orientado la política transnacional a la guerra contra aquellos delitos considerados graves (crimina excepta) cometidos por empresas y redes criminales que se caracterizan por ser de orden económico en el marco de un mercado neoliberal global, con proyección de permanencia y con un poder corrupto inimaginable que ha cooptado gobiernos, sectores económicos, financieros, mediáticos, policiales y políticos.
En esta guerra se han incorporado las prácticas de espionaje en los procedimientos penales con la idea de que se requieren medidas extraordinarias para combatir un tipo de criminalidad también extraordinaria, resiliente, en red y cada vez más globalizada.