Al estudiar el monopolio se presenta inmediatamente abrelatas sin lata que abrir, como no sea una lata sin abridor. Al estudiar el monopolio se presenta inmediatamente una dificultad sobre la cual conviene advertir al lector cuanto antes. Lo que todo el mundo desea saber es la contestación a la siguiente pregunta: ¿Nos benefician los monopolios? El economista, como tal, no puede contestarla. Es, o debería ser, un experto en lógica aplicada a su especialidad; estudia consecuencias, los medios de alcanzar determinado fin, y no los fines como tales. Aspira a ser el piloto de un barco y no el propietario; no le corresponde decidir a qué puerto se ha de dirigir la nave, pero una vez fijado el destino de ésta, es su obligación señalar los bancos de arena y los bajos, los lugares en que puede esperarse tiempo tempestuoso, los canales profundos y los fondeaderos más seguros. El economista, economista, como tal, no puede emitir opinión acerca de los monopolios, puesto que el juicio que se ha de formar depende de lo que se considere la finalidad y objeto de nuestro sistema económico, social y político. Es inevitable que el economista tenga determinada opinión de todo ello, pero no tiene la última palabra, como tampoco la tiene el experto en política, en ética o en religión.