La economía perfectamente competitiva se presenta, al menos a primera vista, como capaz de funcionar de un modo muy satisfactorio sin que intervenga formalmente el Estado y, por consiguiente, sin tributación. En la competencia perfecta los problemas de producción, distribución e intercambio se resuelven por la actuación libre de hombres también libres que tratan de satisfacer sus personales deseos en mercados libres. Los capitalistas intentan obtener los mayores beneficios posibles, pero no pueden explotar a los demás. Si producen artículos de mala clase, si producen de modo ineficiente con el resultado de que los precios son demasiado altos, o si tratan de abusar, los artículos no se venderán y los consumidores preferirán los bienes de otros fabricantes. Los obreros tratan de obtener los mejores salarios y condiciones posibles, pero no pueden recibir un valor superior al de aquello que pueden producir, pues en otro caso el patrono saldría ganando despidiéndolos. Pero tampoco han de recibir mucho menos del valor de lo que producen, porque entonces otro patrono estaría interesado en contratarlos a un salario ligeramente superior. El intercambio es siempre correcto en los mercados libres porque cada una de las partes en una transacción ha de obtener una ventaja, pues de otro modo rehusaría celebrar el contrato.