Este trabajo analiza el trabajo a domicilio desde sus orígenes en la agricultura y el trabajo artesanal urbano hasta la Dictadura de Primo de Rivera. La peculiaridad de esa ocupación radicaba en la ubicación donde se llevaba a cabo la tarea productiva: en el mismo domicilio en el que vivían los obreros y obreras. Unas viviendas insalubres donde tenían que trabajar, dormir, comer y convivir a duras penas. La Revolución Industrial llevó consigo la modernización de la producción y se sirvió del trabajo a domicilio como prolongación de las fábricas, donde los patronos no debían cumplir la incipiente legislación laboral que se aprobaba en cada país, especialmente en materia de accidentes de trabajo. Las duras condiciones que soportaban las obreras a domicilio, siendo su mayoría mujeres, llegaron a organismos internacionales como la Asociación Internacional para la Protección Legal de los Trabajadores (AIPLT), donde se debatió la necesidad de regular el trabajo a domicilio, especialmente en materia salarial. En aras de ese movimiento regulatorio, en 1918 el Instituto de Reformas Sociales (IRS) redactó el primer proyecto de Ley sobre trabajo a domicilio, que se presentó ante las Cortes en 1919 y que no se aprobó debido a la crisis de la Restauración.