Desde la primera expansión europea, Occidente ha sido el eje sobre el que pivotaba todo el sistema internacional. Hoy en día vive un periodo de crisis permanente frente al auge demográfico y económico de las potencias asiáticas. Esta crisis afecta a todo el conjunto de Occidente, no solo a Europa, sino también a EE. UU. y a todas las potencias asimiladas: Australia, Canadá, Nueva Zelanda, etc. etc. Es evidente el crecimiento de los países en desarrollo, tanto desde el punto de vista económico como demográfico, y por tanto es necesario encontrar un nuevo equilibrio político con los nuevos actores. Las crisis del siglo XXI han puesto de manifiesto la debilidad de Occidente, no solo desde el punto de vista del poder político, debido a la fragmentación de la hegemonía americana, si no sobre todo a la aparición de nuevos poderes en China o India; económico con la pro funda crisis financiera de 2008 que se llevó por delante la confianza en el nuevo capitalismo financiero, moral con la crisis de valores que supuso la imprevisión frente a la oleada islámica, y sobre todo la falta de una respuesta adecuada más allá del fracaso militar, y finalmente el suicidio de Occidente. Occidente debe salir de las trampas en las que ha caído, reforzar su identidad occidental y por lo tanto cristina, recuperar sus verdaderos valores y así podrá hacer frente a los han puesto en peligro su hegemonía y su futuro, unos viejos conocidos por otro lado: el islam y Asia. Occidente debe volver a las raíces culturales que le hicieron fuerte, si quiere evitar su desintegración definitiva y para ello es necesario contar con la ortodoxia rusa lo que hará posible, como le su cedió a Roma en Bizancio, recuperar la hegemonía de Occidente a través unos valores y una moral que hoy ha abanado.